Veintiuno, nunca más.

Comenzó con la sombra que invadía el mundo,

se extendía como una niebla impenetrable en su lucha, penetrable en mi cuerpo mortal.

Moría un sueño, una ilusión, moría la esperanza.

Crecía el llanto profundo de la tierra, que ya había estallado antes. Pero, como siempre, no se pudo oír.

Y así siguió durante meses, salvaguardado por el sexo decadente y el alcohol caliente.

Mi cerebro implosionó ante la presión: la verdad, el auxilio al que no podía acudir, la inabarcabilidad del todo.

Y acabó con la comprensión del papel de un grano de arena en el universo, insignificante mas animado por la canción subversiva y la prosa armoniosa, violenta y sincera.

Acabó, como todo, muerto. 

Sin embargo, toda la energía acumulada por aquella implosión se regeneró. 

Transformada por la realidad y el amor cobró conciencia de mortalidad efímera y despegó sin miedo contra los símbolos de invierno, con las notas de la música celestial infinita.

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